Lara estaba sentada en una de las viejas sillas que había en aquella habitación.Tenía el mentón apoyado en sus rodillas desnudas. Desde los grandes ventanales de aquella habitación se veía el mar, un tímido sol de amanecer dejaba posar sus débiles rayos sobre la cara aún adormilada de ella. Tenía la mirada perdida y en ella había un matiz de tristeza que no pasaba desapercibido. En una mano tenía una taza de café caliente, los recuerdos del amor que aún no lograra olvidar se mezclaban con el azúcar de aquel café. Con la mano que le quedaba libre, encendió un cigarro. Dejó que, con el humo, se esfumaran todos sus problemas. Por sus mejillas se deslizaban algunas lágrimas que dejaban surcos en su suave piel. Una fina manta cubría sus hombros y su espalda. Pensaba en él, como casi siempre. En todo lo que había ocurrido en aquel último mes. Pensaba en lo que había tenido una vez y que sabía que nunca más tendría. En lo que podría haber sido la historia de amor más bonita de toda su vida. Pensaba en lo que se había convertido en un maldito infierno. Su particular pesadilla. A su alrededor ya no quedaba nada, sólo el vacío que él había dejado. Dentro de ella ya no había vida, sólo su corazón dolorido intentaba continuar. La tristeza y las lágrimas habían dominado su vida por completo.